Los Relojes

steve_serrano_los_relojesIlustración y texto publicados en: Agenda Cultural UJTL. Agosto de 2009.

Cada momento de mi vida he estado mediado por ese “tic toc” que acompasa mi vida. Mis padres siempre me adoctrinaban para que fuera puntual, siempre me señalaban las agujas de ese parco reloj alto e inmerso en su armadura de madera, mientras me decían: ¡no importa si son blandos o duros, lo importante es que den la hora!, como lo dijo Dalí. Así crecí, marchando militarmente y fui feliz; siempre la puntualidad fue mi gran valor, fui el orgullo de mis padres.

Desde que vivo solo, he tratado de no olvidar al imperialista bigote, y por si cabe el beneficio de la duda, puedo dar cuenta del enjambre creado por mis casi trescientos relojes: unos grandes con voz de tenor y otros pequeños como el zumbido de un mosquito; todos avasallados por la obsesión de tajar mi tiempo de la manera mas eficaz. Cada noche conversan minuciosamente, y en las madrugadas son pájaros rugientes, que picotean mis oídos abrazados por el delirio del alba.

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La Tonada Carmesí

steve_serrano_la_tonada_carmesi Ilustración y texto publicados en: Revista La Brújula Nº 22, ISSN 1909-5201. Octubre de 2009.

Este no había sido el mejor de mis días pero creía que por lo menos podía descansar. Me levanté del viejo sillón y tomé un sorbo de agua mientras susurraba un par de frases que no recuerdo. Pude ver este crepúsculo y los últimos rayos del sol que se resistían a morir; volviendo al sillón seguí esperandola mientras aprovechaba el lánguido momento para fumar un cigarrillo.

Mi espera parecía eterna gracias esta mujer, que la verdad poco me emocionaba; por un instante pensé que había olvidado el orden de las calles y me divertí imaginandola descifrar afanosamente la ciudad a cada paso. Sentía que la espera me estaba volviendo loco, y esa puerta del patio aruñaba mis tímpanos con su grotesco bailoteo, tan inusual, que parecía burlarse de mi.

Tanto tiempo estuve allí, que sentí que me iba durmiendo; mis párpados se revelaban contra mi voluntad, sentía el cuerpo fundirse con el sillón y para rematar la obra, alguien había dejado encendida la vieja radiola de mi abuelo. En ningún momento sentí el más mínimo deseo de levantarme a apagarla y finalmente excuse mi desinterés en que esta podía arrullar mi sueño mientras llegaba la infame mujer.

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