La Tonada Carmesí

steve_serrano_la_tonada_carmesi Ilustración y texto publicados en: Revista La Brújula Nº 22, ISSN 1909-5201. Octubre de 2009.

Este no había sido el mejor de mis días pero creía que por lo menos podía descansar. Me levanté del viejo sillón y tomé un sorbo de agua mientras susurraba un par de frases que no recuerdo. Pude ver este crepúsculo y los últimos rayos del sol que se resistían a morir; volviendo al sillón seguí esperandola mientras aprovechaba el lánguido momento para fumar un cigarrillo.

Mi espera parecía eterna gracias esta mujer, que la verdad poco me emocionaba; por un instante pensé que había olvidado el orden de las calles y me divertí imaginandola descifrar afanosamente la ciudad a cada paso. Sentía que la espera me estaba volviendo loco, y esa puerta del patio aruñaba mis tímpanos con su grotesco bailoteo, tan inusual, que parecía burlarse de mi.

Tanto tiempo estuve allí, que sentí que me iba durmiendo; mis párpados se revelaban contra mi voluntad, sentía el cuerpo fundirse con el sillón y para rematar la obra, alguien había dejado encendida la vieja radiola de mi abuelo. En ningún momento sentí el más mínimo deseo de levantarme a apagarla y finalmente excuse mi desinterés en que esta podía arrullar mi sueño mientras llegaba la infame mujer.

 

Bastaron unos pocos minutos para que cayera progresivamente en ese sueño alienígeno y para que los terrores que se agazapaban en su interior comenzaran a trabajar. Antes de dormirme sentí una sensación de regocijo, tan sutil que parecía celeste, pensé que tal vez me había alcanzado el ángel de la muerte y decidí dejar que la sensación siguiera su curso mientras se hacía más solemne.

Fue agradable hasta que comencé a sentirme pasando de ese aburrimiento rabioso a una melancolía que parecía de otro tiempo y ser; cuando repare en ese detalle ya me encontraba completamente envuelto en un pensamiento depresivo que no puedo explicar, una tribulación de muchos seres inconcebibles que marchaban al ritmo de la radiola clamando por ser liberados, y sentí ganas de morir al ser fulminado por tanto dolor.

En este momento intente despertarme pero la música de la radiola firme e incompasiva parecía ganar volumen hasta que la escuché retumbar en todas las direcciones. Sumida en un sueño oscuro y carente de imágenes, una bruma negrusca parecía desgarrarme la piel lentamente mientras me aplastaba e impedía la respiración con agrado demoníaco; intenté saltar bruscamente con la poca fuerza que me quedaba y lo único que conseguí fue abrir los ojos a la pesadillezca trampa que se me había tendido.
 
Sabia que me hallaba despierto aunque el tiempo se notara más lento. La bruma se que había hecho invisible había cedido solo un poco y vi angustiosamente como el techo de mi sala se transformaba en una placa de petróleo que ganaba terreno, deslizándose por las paredes hacia el piso; el terror se apoderaba de mi cuando vi el techo y la parte superior de las paredes hacerse en un cielo incendiado, tan rojo como un infierno y la bruma del sueño se hizo presente para hacer del aire algo irrespirable.

Todo esto parecía saturar la capacidad de mi imaginación y las fuerzas de mi cuerpo aumentadas de manera irracional, solo daban cuenta del inútil forcejeo contra la prisión ejercida por un sueño que escapa imponentemente a la realidad, como un aterrador golem de humo. Mi esfuerzo parecía alimentar las fuerzas de la radiola y sus habitantes, por un segundo comprendí que la fuente de mis terrores era ese blasfemo aparato que conspiraba para destruirme.

Concentre todas mis capacidades en soltarme del embrujo y correr a detener el aparato sin contar con que aparecería algo más si era posible que esto sucediera; no se como y rogando por la ayuda de Dios, logre liberarme para ser detenido por mi propio ser impresionado, ante la silueta a contraluz de una hermosa mujer suspendida a unos 10 centímetros del suelo. Hábilmente la aparición batía una sedosa capa y en ese instante la puerta del patio que se hallaba abierta tras la mujer comenzó nuevamente a moverse tan locamente que parecía que fuera a salir volando. Ese rasgado sonido que generaba la puerta, me helo la sangre junto a la visión de una demonia que batía esa chorreante capa formada por miles de pieles humanas recién arrancadas.

La terrible visión me descompensó al borde de la locura y resignación más profundas mientras el espacio-tiempo me era tan anómalo como mi propia presencia. El tiempo se detuvo y tuve tal vez un segundo de lucidez en el que tendría mucho menos para correr en el intermedio de la canción que estaba por terminar y la siguiente, lanzándome a la carrera sin pensar ni siquiera los peligros que me acarrearía acercarme a la oscura dama o al mismo aparato.

En cuestión de segundos me supe junto al aparato halándolo desesperadamente mientras podía oler el ceniciento perfume que generaba mi espalda, al ser sujetada por las ardientes manos de la demonia quien trataba de alejarme de mi objetivo. Logré desconectar el aparato y caí casi inconsciente por la respiración del humo que dejo la evanescente diablesa.

Luego de levantarme y tomar aire rápidamente, revise la radiola que se hallaba frente a mi, notando que se encontraba fría como si no hubiese sido encendida nunca. con la mínima fuerza que me quedaba, corrí a la biblioteca de mi casa en busca de algún referente del aparato, pues tenia claro que cuando estos se encienden, emanan calor suficiente para dejar algo más que tibia su carcaza; no encontré documento alguno y mientras recogía algunos libros recordé el regreso de mi abuelo con el singular aparato comprado en uno de sus viajes a Alemania, después de la segunda guerra mundial.

No he podido encontrar una explicación racional a todo este asunto y tampoco he vuelto a dormir tranquilo, pues temo que en cualquier momento mis sueños sean invadidos por esos seres degenerados habitantes de la sombra y yo carezca de tan buena suerte como para escapar por segunda vez, de ser capturado y llevado a algún lugar ajeno al pensamiento humano. Aunque lo he enterrado bajo el piso del sótano, algunas noches puedo escuchar el ronronear lastimero de su promesa vengadora. Lo que nunca logré saber fue quien accionó el aparato y que profano pudo tener la mala idea de despertar esa canción ausente.