Los Relojes

steve_serrano_los_relojesIlustración y texto publicados en: Agenda Cultural UJTL. Agosto de 2009.

Cada momento de mi vida he estado mediado por ese “tic toc” que acompasa mi vida. Mis padres siempre me adoctrinaban para que fuera puntual, siempre me señalaban las agujas de ese parco reloj alto e inmerso en su armadura de madera, mientras me decían: ¡no importa si son blandos o duros, lo importante es que den la hora!, como lo dijo Dalí. Así crecí, marchando militarmente y fui feliz; siempre la puntualidad fue mi gran valor, fui el orgullo de mis padres.

Desde que vivo solo, he tratado de no olvidar al imperialista bigote, y por si cabe el beneficio de la duda, puedo dar cuenta del enjambre creado por mis casi trescientos relojes: unos grandes con voz de tenor y otros pequeños como el zumbido de un mosquito; todos avasallados por la obsesión de tajar mi tiempo de la manera mas eficaz. Cada noche conversan minuciosamente, y en las madrugadas son pájaros rugientes, que picotean mis oídos abrazados por el delirio del alba.

 

Hace algunos días veo un chico que sale a fumar su cigarro en la mañana y mientras toca sus temas de King Crimson, sonríe a mi paso. Yo le digo que ese vicio lo va a matar y él asiente mientras observa detenidamente mis zapatos; mientras arremolina sus dedos de araña. En fin, a veces quisiera tener el tiempo para sentarme a decirle que no es necesario ser un excelente guitarrista; pero el tiempo apremia y el transmilenio me puede dejar tirado si bajo mi ritmo.

Ya en el paradero es una cosa distinta, me atormenta la idea de descuidarme y perder el alimentador: ese “Guernica ambulante”, que me lleva todas las mañana al portal entre apretones y frenazos. A veces creo que nunca llegaré y cuando mi reloj está por despedazarme la mano, ya he comprado mi tarjeta y espero el J72, nombre propio de ese viajecito que me hace dudar frente a mi ubicación en la ciudad.

Entre algunos incautos me deslizo para coger alguna silla y logro sentarme justo antes del portazo y arranca el viaje. Bajo un atuendo de indiferencia, me dispongo a leer algo que mate este afán que me tritura los dedos a cada minuto; ya estoy en la parte donde deje el separador, cuando repare en que no me fijé si había abordado el bus correcto. Le pregunto a los de más y nadie me dice nada, parece como si se hubiese quedado muda la ciudad.

En mis reflexiones trato de observar y el camino no muestra cambios o algo que me alarme; finalmente decido arrancar a leer. A cada línea veo que mi concentración se ve nublada, por la idea de llegar tarde acompañada por la imagen de esa mujer de cabello negro, esa que ayer quise besar; o por el tinto de Adelita enfriándose sobre mi escritorio. Con tanto esfuerzo me preparé para ver a mi amada, para ver su piel marmolada bajo la luz fotográfica, para ver brillar su corbatita a rayas rojas y grises; y yo llegando tarde.

A este punto no puedo leer más. No puedo respirar por que las agujas del reloj están aserrando mi respiración; ¿dónde estoy?, esta vaina parece el centro pero no veo ni la piscina, ni la diecinueve, ni San Victorino. Levanto la mirada en otro intento por conquistar alguno de esos viejos edificios, pero todo me es tan ajeno; si no notara rasgos claros de esta ciudad, podría decir que he sido robado en el tiempo, ¿pero cual fue ese adormecimiento traidor? que no lo recuerdo. No sé si se me ha jugado una broma pesada, o soy victima de una nueva ruta alterna, ¡pero esto se acabó!, no pienso prestarme para este coliseo romano.

Siento como comienzan a sudar mis manos y el abrigo se me está pareciendo a la más terrible momificación; de pronto mis relojes han decidido conspirar y se han vengado por el desagradecido trato que les doy, de pronto sigo soñando y no han girado hacia mí sus picos, de pronto duermo plácidamente en el bus. ¡Lo sé!, ¡hoy estoy mas despierto que nunca!, no sé como se me pueden cruzar tantas idioteces al mismo tiempo por la cabeza y siento como me voy a ahogar en mi propio sudor, siento mis ojos arder como si estuvieran sumergidos en la arena del mar.

Parece que todo vuelve a la normalidad y siento que finalmente podré llegar a tiempo, hasta que mi brazo izquierdo se entumeció en respuesta a mi anterior estado; trate de despertarlo por medio de un movimiento desesperado y convulsivo, pero fracaso en el intento. No me puedo mover y aparte de eso siento mi ropa cada vez más ajustada; arrastro la mirada a través de los cuerpos mangláricos de la gente, y no puedo ver más que siluetas negruzcas, serpenteando desesperadamente hacia mí.
 Por un segundo el ruido de contexto se disuelve en el aire y experimento un gran lapso de alivio que me embriaga lentamente.

Mientras reconstruyo cada segundo, cada minuto y cada hora; comprendo por qué no tuve chance de besar esa mujer, comprendo que el tinto de la dulce Adelita, si se congelará sobre mi escritorio, y finalmente comprendo la razón por la cual ese muchacho miraba mis zapatos.

Tengo que aceptar, que por primera vez en mi vida, valoré llegar a algún lugar tarde. Sin reparo  o afán alguno, giré mi cabeza para ver la hora en el reloj; pero en ese momento descubrí que ese par de diminutas agujas, no se volvería a mover jamás.